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sábado, 4 de febrero de 2017
Cuál es el concepto de población?
Proviene
del latín “populatio” a un conjunto de personas que habita en una determinada
zona geográfica.
jueves, 2 de febrero de 2017
Biografía Buda
A lo largo de los siglos, se ha
representado la imagen de Buda tantas veces que incluso en Occidente su efigie
resulta tan familiar como cualquier otro objeto artístico. Solemos verle
sentado sobre sus piernas en actitud meditativa, con una protuberancia más o
menos saliente en la cúspide del cráneo y un lunar piloso entre las cejas,
cubierto por un vaporoso manto sacerdotal y aureolado su rostro por una
serenidad y una dulzura entrañables. Hay algo, sin embargo, que sorprende a
veces: para ser un asceta que ha renunciado a los placeres del mundo y que
conoce a fondo las miserias humanas, en ciertas representaciones parece
excesivamente bien alimentado y demasiado satisfecho.
Buda en una de sus primeras representaciones
en la antigua región de Gandhara (siglos I-II)
Es creencia común considerar que los santos llevaban una vida
eremítica de lucha y sacrificio en busca de la paz interior, y así era,
efectivamente, en la India que Buda conoció, unos quinientos años antes de
Cristo. La idea de la purificación a través del sufrimiento era usual entre
hombres ya maduros o ancianos, horrorizados y confusos ante la perversidad de
sus contemporáneos. Con frecuencia, abandonaban a sus familias y se refugiaban
en las montañas, cubiertos de harapos y con un cuenco de madera como única
posesión, que usaban para mendigar comida. Antes de convertirse en Buda, que
significa "el Iluminado", Siddharta Gautama también practicó estas
disciplinas corporales abnegadamente, pero no tardó en comprobar que eran
inútiles.
Una vida de príncipe
Siddharta Gautama nació probablemente en el año 558 antes de
Cristo en Kapilavastu, ciudad amurallada del reino de Sakya situada en la
región meridional del Himalaya, en la India. Conocido también con el nombre de
Sakyamuni ("el sabio de Sakya"), Siddharta era hijo de Suddhodana,
rey de Sakya, y de la reina Maya, que procedía de una poderosa familia del
reino. Según la tradición, Siddharta nació en los jardines de Lumbini, cuando
su madre se dirigía a visitar a su propia familia. La reina Maya murió a los
siete días de haber dado a luz y el recién nacido fue criado por su tía materna
Mahaprajapati.
El nacimiento de Buda
Siddharta creció rodeado de lujo: tenía tres palacios, uno de
invierno, otro de verano y un tercero para la estación de las lluvias. En ellos
disfrutaba de la presencia de numerosas doncellas, bailarinas y músicos; vestía
ropa interior de seda y un criado le acompañaba con un parasol. Se le describe
como un muchacho de constitución esbelta, muy delicado y con una esmerada
educación. De sus años de estudio, posiblemente dirigidos por dos brahamanes,
sólo se sabe que asombró a sus maestros por sus rápidos progresos, tanto en
letras como en matemáticas. Mucho se ha hablado del carácter sensible de Buda;
pero siendo hijo de un rey y aspirante al trono, debió de ser educado también
en las artes marciales y en todas aquellas disciplinas necesarias para un
monarca. Con todo, el reino de Sakya apenas si era un principado del reino de
Kosala, del que dependía.
Siddharta se casó con su prima Yasodhara cuando tenía alrededor de
dieciséis años, según algunas fuentes, o diecinueve o acaso más, según otras.
En algunas leyendas se dice que la conquistó en una prueba de armas luchando
contra varios rivales. Nada se sabe de este matrimonio, excepto que tuvo un
hijo llamado Rahula que se convertiría muchos años después en uno de sus
principales discípulos. El hecho de tener un hijo varón como continuador de la
dinastía le habría facilitado la renuncia a sus derechos y su consagración a la
vida religiosa.
La vida de Siddharta transcurría la mayor parte del tiempo en el
palacio real, bajo la protección paterna. Según la tradición, durante sus
salidas furtivas a la ciudad, en que era acompañado por un cochero, se
produjeron los llamados «cuatro encuentros». En cierta ocasión que salía por la
puerta oriental del palacio, se encontró con un anciano; en otra ocasión que
salió por la puerta meridional, vio a un enfermo; cuando lo hizo por la puerta
occidental, vio un cadáver, y otro día, al cruzar la puerta septentrional, se
encontró con un religioso mendicante. La vejez, la enfermedad y la muerte
indicaban el sufrimiento inherente a la vida humana; el religioso, la necesidad
de hallarle un sentido. Ello le llevaría a dejar atrás los muros del palacio en
el que se había desarrollado la mayor parte de su vida.
Los cuatro encuentros
A los veintinueve años, Siddharta abandonó a su familia. Lo hizo
de noche, montado en su corcel Kanthaka y en compañía de su criado Chantaka. Su
meta era Magadha, estado floreciente del sur, donde se estaban produciendo
cambios culturales y filosóficos. Es posible que también eligiera ese reino, a
unos diez días de camino desde Kapilavastu, para evitar la posibilidad de que
su padre exigiera que fuese repatriado. Una vez recorrido parte del camino, se
cortó los cabellos, se despojó de sus joyas y aderezos y los entregó a su
criado para que, de vuelta a casa, los devolviera a su familia, con el mensaje
de que no regresaría hasta haber alcanzado la iluminación. El resto del camino
lo hizo como mendicante, práctica, por otra parte, muy bien considerada en la
India de la época. También era habitual que hombres ya maduros y con
inclinaciones filosóficas se adentraran en el bosque para buscar la verdad. Lo
singular fue que él lo hiciera a edad tan temprana.
En busca del sentido
Una vez en Rajagaha, capital de Magadha, el joven mendicante llamó
la atención del poderoso rey Bimbisara. El rey, acompañado por su séquito, fue
a visitarle al monte Pandava, donde practicaba la meditación y el ascetismo.
Según cuenta la tradición, el monarca le ofreció cuantas riquezas deseara a
cambio de que aceptara ponerse al mando de sus batallones de elefantes y de sus
tropas de élite. Siddharta informó al rey de su origen noble y del propósito de
su estancia en Rajagaha. El rey Bimbisara no reiteró la propuesta; le rogó
únicamente ser el primero de conocer la verdad alcanzada si llegaba a la
iluminación.
Siddharta siguió las enseñanzas de dos maestros de yoga, Alara
Kalama y Uddaka Ramaputa. El primero, al que seguían trescientos discípulos,
había alcanzado la fase «en que nada existe»; se cree que su ermita estaba en
Vaishi. Siddharta alcanzó muy pronto ese mismo estadio y se persuadió de la
insuficiencia de estas enseñanzas para liberar a la humanidad de sus
sufrimientos. Uddaka Ramaputa tenía seiscientos discípulos y vivía cerca de
Rajagaha. Sus enseñanzas tampoco colmaron los afanes de Siddharta.
Partió entonces para Sena, una aldea junto al río Nairanjana,
lugar de encuentro de ascetas. Estas prácticas estaban perfectamente
reglamentadas: incluían el control de la mente, la suspensión de la
respiración, el ayuno total y una dieta muy severa, disciplinas todas ellas
penosas y dolorosas. Por los relatos se sabe que Siddharta no se arredró ante
su dureza y que, en alguna ocasión, quienes le rodeaban creían que había
muerto. En aquellos tiempos los alumnos avanzados practicaban ayunos de hasta
dos meses, y se sabe que nueve discípulos de Nigantha Nataputta, fundador del
jainismo, se dejaron morir de hambre para alcanzar la liberación final.
Tras años de austeridades y mortificaciones que no le procuraron
la iluminación, Siddharta resolvió abandonar el ascetismo, recibiendo, por el
paso dado, las críticas de sus cinco compañeros. Para empezar, se bañó en el
río Nairanjana para librarse de la suciedad que había acumulado en el curso del
largo proceso seguido. Al parecer, se hallaba tan débil que apenas pudo salir
del agua. Recobró las fuerzas gracias a la comida que le ofreció una muchacha
llamada Sajata. Según diversas leyendas, esta joven era hija del jefe de la
aldea de Sena; el alimento que le dio al asceta era una sopa de arroz hervido
en leche. Poco tiempo después, ya restablecido, Siddharta alcanzaría la
iluminación.
La iluminación
Según todos los indicios, esto habría ocurrido en la ciudad de
Gaya, cerca de Sena. Más tarde se llamaría a esta ciudad BodhGaya, y en ella se
levantaría un templo en honor de Buda. Siddharta pasaba largas horas de
meditación a la sombra de una higuera sagrada que más tarde sería bautizada con
el nombre de Bodhi o «Árbol de la Iluminación». Según las leyendas, Gautama se
sentó un día bajo la higuera y dijo: "No me moveré de aquí hasta que
sepa." El malvado dios Mara, comprendiendo la gravedad y el peligro que
encerraba tal desafío, le envió una cascada de tentaciones, la más importante
en forma de un trío de libidinosas odaliscas que agitaron histéricamente sus
vientres ante la cabeza inclinada de Siddharta; cuando éste levantó sus ojos
hacia ellas, el fulgor de su mirada las convirtió en torpes ancianas de
repugnante apariencia.
Napoleón Bonaparte
Pocas figuras han merecido en la historia un tratamiento tan amplio y apasionado como el hombre que, como Primer Cónsul y Emperador de Francia (1799-1804 y 1804-1814), rigió los destinos de Europa durante tres lustros: Napoleón Bonaparte. Genio indiscutible del arte militar y estadista capaz de construir un imperio bajo patrones franceses, Bonaparte fue, para sus admiradores, el hombre providencial que fijó las grandes conquistas de la Revolución Francesa (1789-1799), dotando a su país de unas estructuras de poder sólidas y estables con las que se ponía fin al caos político precedente. Sus enemigos, por el contrario, vieron en él «la encarnación del espíritu del mal» (Chateaubriand), un déspota sanguinario que traicionó la Revolución y sacrificó la libertad de los franceses a su ambición desmedida de poder, organizando un sistema político autocrático.
Napoleón Bonaparte (retrato de Jacques-Louis David, 1812)
Las
claves del rápido encumbramiento de Napoleón se encuentran en dos pilares
fundamentales: su innegable genio militar y su capacidad para sustentar un
sistema de gobierno en principios comúnmente aceptados por la mayoría de los
franceses. Bonaparte fue primero, y ante todo, un estratega, cuyos métodos
revolucionaron el arte militar y sentaron las bases de las grandes
movilizaciones de masas características de la guerra moderna. Partiendo de una
novedosa organización de las unidades y de una serie de principios (concentración
de fuerzas para romper las líneas enemigas, movilidad y rapidez) que serían
puntualmente ejecutados de acuerdo con unas maniobras tácticas planificadas y
ordenadas por Napoleón en persona, sus ejércitos se convirtieron en máquinas de
guerra invencibles, capaces de dominar Europa y de elevar a Francia hasta su
máxima gloria.
Junto
a la evidente relación entre los éxitos militares y la admiración popular, la
consolidación del poder napoleónico también obedeció a que su principal
protagonista supo captar los deseos de una sociedad que, como la francesa, se
sentía exhausta tras la anarquía y el desorden que habían caracterizado la
dirección política del Estado durante el decenio revolucionario (1789-1799). Al
servicio del Directorio, el general corso había obtenido brillantes victorias
en sus campañas contra las monarquías absolutas europeas, aliadas contra
Francia en un intento de acabar con la Revolución. Cuando, al amparo de su
inmenso prestigio, Napoleón dio el golpe de Brumario e instauró primero el Consulado
(1799-1804) y luego el Imperio (1804-1814), regímenes autocráticos que encabezó
como Primer Cónsul y Emperador, encontró un amplísimo apoyo en los más diversos
sectores sociales, claramente manifiesto en los arrolladores resultados de los
plebiscitos que se convocaron para su ratificación.
Biografía
Napoleón nació el 15 de agosto de 1769 en
Ajaccio, capital de la actual Córcega, en el seno de una familia numerosa de
ocho hermanos. Cinco de ellos eran varones: José, Napoleón, Lucien, Luis y
Jerónimo. Las niñas eran Elisa, Paulina y Carolina. Gracias a la grandeza del
futuro emperador Napolione (así lo llamaban en su idioma vernáculo), todos
ellos iban a acumular honores, riqueza y fama, y a permitirse asimismo mil
locuras. La madre de los hermanos Bonaparte (o, con su apellido italianizado,
Buonaparte) se llamaba María Leticia Ramolino y era una mujer de notable
personalidad, a la que Stendhal elogiaría por su carácter firme y ardiente en
su Vida
de Napoleón (1829).
Carlos
María Bonaparte, el padre, siempre con agobios económicos por sus inciertos
tanteos en la abogacía, sobrellevados gracias a la posesión de algunas tierras,
demostró tener pocas aptitudes para la vida práctica. Sus dificultades se
agravaron al tomar partido por la causa nacionalista de Córcega frente a su
nueva metrópoli, Francia. Congregados en torno a un héroe nacional, Pasquale
Paoli, Carlos María Bonaparte apoyaba a los isleños que defendían la
independencia con las armas y que terminaron siendo derrotados por los
franceses en la batalla de Ponte Novu, encuentro que tuvo lugar en 1769, el
mismo año en que nació Napoleón.
Carlos María Bonaparte
A
causa de la derrota de Paoli y de la persecución de su bando, la madre de
Napoleón tuvo que arrostrar durante sus primeros alumbramientos las incidencias
penosas de las huidas por la abrupta isla; de sus trece hijos, sólo sobrevivieron
aquellos ocho. Sojuzgada la revuelta, el gobernador francés Louis Charles René,
conde de Marbeuf, jugó la carta de atraerse a las familias patricias de la
isla. Carlos María Bonaparte, que religaba sus ínfulas de pertenencia a la
pequeña nobleza con unos antepasados en Toscana, aprovechó la oportunidad:
viajó con una recomendación de Marbeuf hacia la metrópoli para acreditar su
hidalguía y logró que sus dos hijos mayores, José y Napoleón, entraran en
calidad de becarios en el Colegio de Autun.
Los
méritos escolares de Napoleón en matemáticas, a las que fue muy aficionado y
que llegaron a constituir en él una especie de segunda naturaleza (de gran
utilidad para su futura especialidad castrense, la artillería), facilitaron su
ingreso en la Escuela Militar de Brienne. De allí salió a los diecisiete años
con el nombramiento de subteniente y un destino de guarnición en la ciudad de
Valence. En aquellos años, el muchacho presentaba un aspecto semisalvaje y
apenas hablaba otra cosa que no fuera el dialecto de su añorada isla. Sus
compañeros, hijos de la aristocracia francesa, veían en él a un extranjero raro
y mal vestido, al que hacían blanco de toda clase de burlas; no obstante, su
carácter indómito y violento imponía respeto tanto a sus camaradas como a sus profesores.
Lo que más llamaba la atención era su temperamento y su tenacidad; uno de sus
maestros en Brienne diría de él: «Este muchacho está hecho de granito, y además
tiene un volcán en su interior».
Juventud
revolucionaria
Al
poco tiempo sobrevino el fallecimiento del padre y, por este motivo, el
traslado de Napoleón a Córcega y la baja temporal en el servicio activo. Su
agitada etapa juvenil discurrió entre idas y venidas a Francia, nuevos
acantonamientos con la tropa (esta vez en Auxonne), la vorágine de la
Revolución Francesa (cuyas explosiones violentas conoció durante una estancia
en París) y los conflictos independentistas de Córcega.
En
el agitado enfrentamiento de las banderías insulares, Napoleón se creó enemigos
irreconciliables, entre ellos el mismo Pasquale Paoli. El líder independentista
había sido amnistiado en 1791 y nombrado gobernador de la ciudad corsa de
Bastia; dos años después, sin embargo, rompería con la Convención republicana y
proclamaría la independencia, mientras el entonces joven oficial Napoleón
Bonaparte se decantaba por las facciones afrancesadas. La desconfianza hacia
los paolistas en la familia Bonaparte se había ido trocando en furiosa
animadversión. Napoleón se alzó mediante intrigas con la jefatura de la milicia
y quiso ametrallar a sus adversarios en las calles de Ajaccio. Pero fracasó y
tuvo que huir con los suyos, para escapar al incendio de su casa y a una muerte
casi segura a manos de sus enfurecidos compatriotas.
Instalado
con su madre y sus hermanos en Marsella, malvivió entre grandes penurias
económicas, que en algunos momentos rozaron el filo de la miseria; el horizonte
de las disponibilidades familiares solía terminar en las casas de empeños, pero
los Bonaparte no carecían de coraje ni recursos. María Leticia Ramolino, la
madre, se convirtió en amante de un comerciante acomodado, François Clary. El
hermano mayor, José Bonaparte, se casó con una hija del mercader, Marie Julie
Clary; el noviazgo de Napoleón con otra hija, Désirée Clary, no prosperó.
Biografía de Simón Bolívar
Si se forzase a los historiadores a designar
el más decisivo protagonista de los convulsos procesos que, en las primeras décadas
del siglo XIX, condujeron a la emancipación de la América Latina, no hay duda
de que resultaría elegido el militar y estadista venezolano Simón Bolívar
(1783-1830), justamente honrado con el título de «Libertador de América». Tras
no pocos reveses, Simón Bolívar lideró las campañas militares que dieron la
independencia a Venezuela, Colombia y Ecuador. Y al igual que otro insigne
caudillo de la independencia, José de San Martín, Bolívar comprendió la
ineludible necesidad estratégica de ocupar el Perú, verdadero centro neurálgico
del Imperio español. Las victorias de Bolívar en la batallas de Junín y de
Ayacucho (1824) significaron la caída del antiguo Virreinato, la independencia
de Perú y de Bolivia y el punto final a tres siglos de dominación española en
Sudamérica.
Simón Bolívar
Tal
fue la trascendencia de su figura que ha podido afirmarse que, en el ámbito
sudamericano, la historia de la emancipación es la biografía de Bolívar y parte
de la de San Martín. Y no menos admirable resulta su total entrega al ideal
emancipador, causa a la que había jurado consagrarse con sólo 22 años en un
evocador escenario: el Monte Sacro de Roma. Políticamente, su sueño fue unir
las colonias españolas liberadas en una confederación al estilo estadounidense;
tal proyecto se materializó en la «Gran Colombia» (1819-1930), que presidió el
mismo Bolívar y llegó a englobar Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá. Pese al
realismo y rigor de su pensamiento político (siempre juzgó que era preciso
adaptar las doctrinas europeas a la realidad americana), el éxito no le
acompañó en la monumental empresa de configurar las nuevas repúblicas; sometida
a la presión de los caudillismos y las reivindicaciones territoriales, la
desmembración de la Gran Colombia también hubiera sido inevitable sin el
prematuro fallecimiento de Bolívar.
Biografía
Simón
José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios nació en Caracas el 24
de julio de 1783. Venezuela era entonces una Capitanía General del Reino de
España entre cuya población se respiraba el descontento por las diferencias de
derechos existentes entre la oligarquía española dueña del poder, la clase
mantuana o criolla, terratenientes en su mayoría, y los estratos bajos de
mulatos y esclavos.
Los
criollos, a pesar de los privilegios que tenían, habían desarrollado un sentimiento
particular del «ser americano» que los invitaba a la rebeldía: "Estábamos
(explicaría Bolívar más tarde) abstraídos y, digámoslo así, ausentes del
universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del
Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy
extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca;
militares sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no
éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes; todo
en contravención directa de nuestras instituciones".
Ésta
era, por lo demás, la clase a la cual pertenecían sus padres, Juan Vicente
Bolívar y Ponte y María de la Concepción Palacios y Blanco. El niño Simón era
el menor de cuatro hermanos y muy pronto se convertiría, junto a ellos, en
heredero de una gran fortuna. Bolívar quedó huérfano a los nueve años de edad,
pasando al cuidado de su abuelo materno y posteriormente de su tío Carlos
Palacios; ellos velarían por su educación, aunque también la negra Hipólita, su
esclava y nodriza, continuaría cuidando del muchacho.
Biografía Ludwig van Beethoven
A las cinco de la tarde del 26 marzo de 1827 se
levantó en Viena un fuerte viento que momentos después se transformaría en una
impetuosa tormenta. En la penumbra de su alcoba, un hombre consumido por la
agonía está a punto de exhalar su último suspiro. Un intenso relámpago ilumina
por unos segundos el lecho de muerte. Aunque no ha podido escuchar el trueno
que resuena a continuación, el hombre se despierta sobresaltado, mira fijamente
al infinito con sus ojos ígneos, levanta la mano derecha con el puño cerrado en
un último gesto entre amenazador y suplicante y cae hacia atrás sin vida. Un
pequeño reloj en forma de pirámide, regalo de la duquesa Christiane Lichnowsky,
se detiene en ese mismo instante. Ludwig van Beethoven, uno de los más grandes
compositores de todos los tiempos, se ha despedido del mundo con un ademán
característico, dejando tras de sí una existencia marcada por la soledad, las
enfermedades y la miseria, y una obra que, sin duda alguna, merece el
calificativo de genial.
Ludwig van Beethoven
Nacido en Bonn en 1770, Ludwig van Beethoven creció en el
Palatinado, sometido a los usos y costumbres cortesanos propios de los estados
alemanes; desde allí saludaría la Revolución francesa y luego el advenimiento
de Napoleón como el gran reformador y liberador de la Europa feudal, para
acabar contemplando desilusionado con la consolidación del Imperio francés. Su
obra arrasó como un huracán las convenciones musicales clasicistas de su época
y tendió un puente directo, más allá del romanticismo posterior, con Brahms y
Wagner, e incluso con músicos del siglo XX como Bartók, Berg y Schonberg. Su
personalidad configuró uno de los prototipos del artista romántico defensor de
la fraternidad y la libertad, apasionado y trágico.
La familia Beethoven era originaria de Flandes, lo que no era un
hecho extraordinario entre los servidores de la provinciana corte de Bonn en el
Palatinado. Ludwig, el abuelo del compositor, en cuya memoria se le impuso su
nombre, se había instalado en 1733 en Bonn, ciudad en la que llegó a ser un
respetado maestro de capilla de la corte del elector. Dentro del rígido sistema
social de su tiempo, Johann, su hijo, también fue educado para su ingreso en la
capilla palatina. El padre de Beethoven, sin embargo, no destacó precisamente
por sus dotes musicales, sino más bien por su alcoholismo; a su muerte, en
1792, se ironizó con crueldad en la corte sobre el descenso de ingresos
fiscales por consumo de bebidas en la ciudad.
Johann se casó con María Magdalena Keverich en 1767, y tras un
primer hijo también llamado Ludwig, que murió poco después de nacer, nació el
16 de diciembre de 1770 el que habría de ser compositor. A Ludwig siguieron
otros dos niños, a los que pusieron los nombres de Caspar Anton Karl y
Nikolauss Johann. A la muerte del abuelo, auténtico tutor de la familia (Ludwig
contaba entonces tres años de edad), la situación moral y económica del
matrimonio se deterioró rápidamente. El dinero escaseó; los niños andaban mal
nutridos y no era infrecuente que fueran golpeados por el padre; la madre iba
consumiéndose, hasta el extremo de que, al morir en 1787 a los cuarenta años,
su aspecto era el de una anciana.
Casa natal de Beethoven, hoy convertida en museo
Parece ser que Johann se percató pronto de las dotes musicales
de Ludwig y se aplicó a educarlo con férrea disciplina como concertista, con la
idea de convertirlo en un niño prodigio mimado por la fortuna, a la manera del
primer Mozart. En 1778 el niño tocaba el clave en público y llamó la atención
del anciano organista Van den Eeden, que se ofreció a darle clases
gratuitamente. Un año más tarde, Johann decidió encargar la formación musical
de Ludwig a su compañero de bebida Tobias Pfeiffer, músico mucho mejor dotado y
no mal profesor, pese a su anarquía alcohólica que, ocasionalmente, imponía
clases nocturnas al niño cuando se olvidaba de darlas durante el día.
Infancia y formación
Los testimonios de estos años trazan un sombrío
retrato del niño, hosco, abandonado y resentido, hasta que en su destino se
cruzó Christian Neefe, un músico llegado a Bonn en 1779, quien tomó a su cargo
no sólo su educación musical, sino también su formación integral. Diez años más
tarde, el joven Beethoven le escribió: «Si alguna vez me convierto en un gran
hombre, a ti te corresponderá una parte del honor». A Neefe se debe, en
cualquier caso, la nota publicada en el Cramer Magazine en marzo de 1783, en la
que se daba noticia del virtuosismo interpretativo de Beethoven, superando «con
habilidad y con fuerza» las dificultades de El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach, y de la
publicación en Mannheim de las nueve Variaciones sobre una marcha de
Dressler, que constituyeron sin duda alguna su primera composición.
En junio de 1784 Maximilian Franz, el nuevo elector de Colonia
(que habría de ser el último), nombró a Ludwig, que entonces contaba catorce
años de edad, segundo organista de la corte, con un salario de ciento cincuenta
guldens. El muchacho, por aquel entonces, tenía un aire severo, complexión
latina (algunos autores la califican de «española» y recuerdan que este tipo de
físico apareció en Flandes con la dominación española) y ojos oscuros y voluntariosos;
a lo largo de su vida, algunos los vieron negros, y otros gris verdosos, siendo
casi seguro que su tonalidad varió con la edad o con sus estados de ánimo.
Amarga habría sido la vida del joven Ludwig en Bonn, sobre todo
tras la muerte de su madre en 1787, si no hubiera encontrado un círculo de
excelentes amigos que se reunían en la hospitalaria casa de los Breuning:
Stefan y Eleonore von Breuning, a la que se sintió unido con una apasionada
amistad, Gerhard Wegeler, su futuro marido y biógrafo de Beethoven, y el pastor
Amenda. Ludwig compartía con los jóvenes Von Breuning sus estudios de los
clásicos y, a la vez, les daba lecciones de música. Habían corrido ya por Bonn
(y tal vez este hecho le abriera las puertas de los Breuning) las alabanzas que
Mozart había dispensado al joven intérprete con ocasión de su visita a Viena en
la primavera de 1787. Cuenta la anécdota que Mozart no creyó en las dotes
improvisadoras del joven hasta que Ludwig le pidió a Mozart que eligiera él
mismo un tema. Quizá Beethoven recordaría esa escena cuando, muchos años más
tarde, otro muchacho, Liszt, solicitó tocar en su presencia en espera de su
aprobación y aliento.
Estos años de formación con Neefe y los jóvenes Von Breuning
fueron de extrema importancia porque conectaron a Beethoven con la sensibilidad
liberal de una época convulsionada por los sucesos revolucionarios franceses, y
dieron al joven armas sociales con las que tratar de tú a tú, en Bonn y, sobre
todo, en Viena, a la nobleza ilustrada. Pese a sus arranques de mal humor y
carácter adusto, Beethoven siempre encontró, a lo largo de su vida, amigos
fieles, mecenas e incluso amores entre los componentes de la nobleza austriaca,
cosa que el más amable Mozart a duras penas consiguió.
Beethoven tenía sin duda el don de establecer contactos con el
yo más profundo de sus interlocutores; aun así, sorprende la fidelidad de sus
relaciones en la élite, especialmente si se considera que no estaban habituadas
a un lenguaje igualitario, cuando no zumbón o despectivo, por parte de sus
siervos, los músicos. Forzosamente la personalidad de Beethoven debía subyugar,
incluso al margen de la genialidad y grandeza de sus creaciones. Así, su
amistad con el conde Waldstein fue decisiva para establecer los contactos
imprescindibles que le permitieron instalarse en Viena, centro indiscutible del
arte musical y escénico, en noviembre de 1792.
En Viena
El avance de las tropas francesas sobre Bonn y la estabilidad
del joven Beethoven en Viena convirtieron lo que tenía que ser un viaje de estudios
bajo la tutela musical de Haydn en una estancia definitiva. Allí, al poco de
llegar, recibió la entusiasta protección del príncipe Lichnowsky, quien lo
hospedó en su casa, y recibió lecciones de Johann Schenck, del teórico de la
composición Albrechtsberger y del maestro dramático Antonio Salieri.
Sus éxitos como improvisador y pianista eran
notables, y su carrera como compositor parecía asegurada económicamente con su
trabajo de virtuoso. Porque, entretanto, el joven Beethoven componía
infatigablemente: fue éste, de 1793 a 1802, su período clasicista, bajo la
benéfica influencia de la obra de Haydn y de Mozart, en el que dio a luz sus
primeros conciertos para piano, las cinco primeras sonatas para violín y las
dos para violoncelo, varios tríos y cuartetos para cuerda, el lied Adelaide y
su primera sinfonía, entre otras composiciones de esta época. Su clasicismo no
ocultaba, sin embargo, una inequívoca personalidad que se ponía de manifiesto
en el clima melancólico, casi doloroso, de sus movimientos lento y adagio,
reveladores de una fuerza moral y psíquica que se manifestaba por vez primera
en las composiciones musicales del siglo.
Biografía Johann Sebastian Bach
En la biblioteca municipal de Leipzig se conservan aún los antiguos legajos que contienen las listas de exequias realizadas en el siglo XVIII. Uno de estos viejos papeles nos informa escuetamente del siguiente hecho, en apariencia banal: "Un hombre de sesenta y siete años, el señor Johann Sebastian Bach, Kapellmeister y Kantor en la escuela de la Iglesia de Santo Tomás, fue enterrado el día 30 de julio de 1750". La modestia y simplicidad de esta inscripción, escondida entre otras muchas tan insignificantes como ella, nos parece hoy incomprensible al considerar que da fe del fallecimiento de uno de los más grandes compositores de todos los tiempos y, sin duda alguna, del músico más extraordinario de su época.
Johann Sebastian Bach
La brevedad de estas líneas demuestra con toda claridad el
trágico destino de un hombre que fue radicalmente subestimado en su época:
pocos reconocieron al gran músico y nadie supo ver al genio. Tras su silenciosa
muerte, la labor de quien había dedicado toda su existencia a crear honesta y
laboriosamente una excelsa música en alabanza del Creador fue olvidada por
completo durante más de cincuenta años, hasta que, tras ser publicada la
primera biografía del músico, otro compositor, Mendelssohn, rescató su obra
para sus contemporáneos al dirigir apoteósicamente su Pasión
según San Mateo en
Berlín en 1829, hecho que constituyó un acontecimiento nacional en Alemania.
Una saga
de músicos
Johann
Sebastian Bach nació el 21 de marzo de 1685 en Eisenach (Turingia). Su familia
era depositaria de una vasta tradición musical y había dado a lo largo de
varias generaciones un buen plantel de compositores e intérpretes. Durante
doscientos años, los antepasados de Bach ocuparon múltiples cargos municipales
y cortesanos como organistas, violinistas cantores y profesores, aunque ninguno
de ellos llegaría a alcanzar un especial renombre. Sin embargo, su apellido era
en Turingia sinónimo de arte musical; hablar de los Bach era hablar de música.
Johann
Sebastian siguió muy pronto la tradición familiar. Su padre, Johann Ambrosius,
comprendió rápidamente que tenía ante sí a un niño especialmente dotado y
consagró mucho tiempo a su enseñanza. El ambiente de la casa paterna era
modesto, sin llegar a las estrecheces de la pobreza y, por supuesto, estaba
impregnado de una profunda religiosidad y entregado a la música. Al cumplir
Bach los nueve años murió su madre, Elisabeth, y, como era frecuente en la
época, Johann Ambrosius volvió a casarse a los pocos meses para poder afrontar
el cuidado de sus hijos. Pero tres meses después de la celebración de su
segundo matrimonio, el 20 de febrero de 1694, también murió Johann Ambrosius, y
la viuda solicitó ayuda al hijo mayor de su marido, Johann Christoph, ya
entonces organista en Ohrdruf, quien se hizo cargo de sus dos hermanos más
pequeños, Johann Jacob y Johann Sebastian, acogiéndolos en su casa y
comprometiéndose a darles la obligada formación musical.
Biografía Alejandro Magno
Para la historia de la civilización antigua las hazañas de
Alejandro Magno supusieron un torbellino de tales proporciones que aún hoy se
puede hablar sin paliativos de un antes y un después de su paso por el mundo. Y
aunque su legado providencial (la extensión de la cultura helénica hasta los
confines más remotos) se vio favorecido por todo un abanico de circunstancias
favorables que reseñan puntualmente los historiadores, su biografía es en
verdad una auténtica epopeya, la manifestación en el tiempo de las fantásticas
visiones homéricas y el vivo ejemplo de cómo algunos hombres descuellan sobre
sus contemporáneos para alimentar incesantemente la imaginación de las
generaciones venideras.
Hacia la segunda mitad del siglo IV a.C., un pequeño territorio
del norte de Grecia, menospreciado por los altivos atenienses y tachado de
bárbaro, inició su fulgurante expansión bajo la égida de un militar de genio:
Filipo II, rey de Macedonia. La clave de sus éxitos bélicos fue el
perfeccionamiento del "orden de batalla oblicuo", experimentado con
anterioridad por Epaminondas. Consistía en disponer la caballería en el ala
atacante, pero sobre todo en dotar de movilidad, reduciendo el número de filas,
a las falanges de infantería, que hasta entonces sólo podían maniobrar en una
dirección. La célebre falange macedónica estaba formada por hileras de dieciséis
hombres en fondo con casco y escudo de hierro, y una lanza llamada sarissa.
biografía de Aristóteles
La
filosofía occidental se asienta en la obra de los tres grandes filósofos
griegos de la Antigüedad: Sócrates, Platón y Aristóteles. Pese a la singular
relación que los unió (Sócrates fue maestro de Platón, quien lo fue a su vez de
Aristóteles), la orientación de su pensamiento tomó distintos caminos, y
correspondería a Aristóteles culminar los esfuerzos de sus maestros y ejercer
la influencia más perdurable, no sólo en el terreno de la filosofía y la
teología, sino prácticamente en todas las disciplinas científicas y
humanísticas. De hecho, por el rigor de su metodología y por la amplitud de los
campos que abarcó y sistematizó, Aristóteles puede ser considerado el primer
investigador científico en el sentido moderno de la palabra.
Algunos ejemplos pueden dar
idea de hasta qué punto Aristóteles estableció las bases que configurarían el
pensamiento europeo: las teologías cristiana y musulmana del Medioevo asumieron
su metafísica; la física y la astronomía aristotélicas se mantuvieron vigentes
hasta el siglo XVII; sus estudios zoológicos, hasta el XIX; la lógica, hasta el
siglo XX; sus apenas cincuenta páginas sobre estética se siguen debatiendo en
nuestros días. Su incuestionada autoridad, reforzada desde la Baja Edad Media
por el aristotelismo eclesiástico, llegó incluso a frenar el desarrollo de la
ciencia. De tomarse este hecho como una acusación, habría que dirigirla no al
filósofo sino a sus dogmáticos seguidores; pero más razonable es tomarlo como
ilustración de la sobrehumana magnitud de su impronta y del abismal adelanto
que representó su obra.
En la Academia de Platón
Aristóteles
nació en el año 384 a.C. en Estagira, una pequeña localidad macedonia cercana
al monte Athos; de su población natal procede una designación habitual para
referirse al filósofo: el Estagirita. Su
padre, Nicómaco, era médico de la corte de Amintas III, padre de Filipo II de
Macedonia y, por tanto, abuelo de Alejandro Magno. Nicómaco pertenecía a la
familia de los Asclepíades, que se reclamaba descendiente del dios fundador de
la medicina y cuyo saber se transmitía de generación en generación. Ello invita
a pensar que Aristóteles fue iniciado de niño en los secretos de la medicina, y
que de ahí le vino su afición a la investigación experimental y a la ciencia
positiva. Huérfano de padre y madre en plena adolescencia, fue adoptado por
Proxeno, al cual podría mostrar años después su gratitud adoptando a un hijo
suyo llamado Nicanor.
En el año 367, es decir,
cuando contaba diecisiete años de edad, fue enviado a Atenas para estudiar en
la Academia de Platón. No se sabe qué clase de relación personal se estableció
entre ambos filósofos, pero, a juzgar por las escasas referencias que hacen el
uno del otro en sus escritos, no cabe hablar de una amistad imperecedera. Lo
cual, por otra parte, resulta lógico si se tiene en cuenta que Aristóteles iba
a iniciar su propio sistema filosófico fundándolo en una profunda crítica al
platónico.
domingo, 22 de enero de 2017
jueves, 19 de enero de 2017
Ejercicio para atacar la grasa localizada
Últimamente está muy de moda esto del entrenamiento a intervalos. Pero ¿qué en qué consiste?
Hoy te lo explicamos para que descubras uno de los métodos
más eficaces para trabajar tu cuerpo y librarte de la grasa localizada.
El
entrenamiento a intervalos de alta intensidad es una rutina que se practica en circuitos, combinando varios ejercicios
que te hagan trabajar diferentes zonas del cuerpo. Consiste en realizar estos
ejercicios a una intensidad elevada,
es decir, con todo nuestro empeño y nuestra fuerza, durante un
período más o menos corto de tiempo (20-30 segundos, a veces hasta 1 minuto
pero a máxima potencia) para después realizar ejercicios de
recuperación activa que
te hagan quemar más calorías. Los ejercicios de recuperación activa, como su
nombre indica, son de menor intensidad pero no son “de descanso” sino de
recuperación y al mantenerte en movimiento activas tu
metabolismo y haces que el ejercicio sea mucho más eficaz.
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